Lee sin moderación

Si resulta que no eres la dueña y señora de la bodega subterránea de un palacio, conserva tus añadas antiguas en una vinoteca o nevera de vinos. Lo de tumbarlas es para que el vino, al estar en contacto con el corcho, lo mantenga húmedo.

Si no tienes un «Service de bouche» real a tu disposición ni descorchas los vinos de más de una década con Durand o con sacacorchos de láminas, lo más probable es que el corcho se parta al intentar sacarlo. Y NO, no significa que un vino esté malo si el corcho —cada vez más frágil a medida que pasan los años— se ha roto al abrir la botella.

Si tampoco puedes llamar al sumiller de la corte para que te eche un cable con el trozo de corcho roto que se te quedado obturado en el cuello de la botella, no sufras: introduce de nuevo el sacacorchos de hélice lo más inclinado posible, empujándolo con suavidad contra el vidrio y moviéndolo hacia arriba con cuidado para tratar de sacarlo entero sin que se rompa aún más.

Si al final el corcho se acaba hundiendo, el «Servicio de morros finos» te asegura que el vino estará igual de bueno, es decir, que un corcho recién caído dentro no afectará a su calidad. Un vino que lleva tanto tiempo durmiendo en la botella es mejor no decantarlo sino abrirlo con 3 o 4 horas de antelación para que así se airee. Sin embargo, si algún trozo de corcho se queda flotando en el vino, puedes entonces decantar con mucho mimo o bien utilizar un filtro.

Si no estás acostumbrada a los tufos de Versalles y vas a tirar un vino con olores a reducción por el fregadero, lee antes esto: después de años «encerrado» en la botella, pueden surgir en el vino olores menos agradables que los aromas de eucalipto, de regaliz o de clavo típicos del afinado en botella. El olor de la coliflor cocida, el de los huevos podridos o el del agua estancada, a pesar de molestos, suelen ser, por lo general, defectos pasajeros que desaparecen después de unas horas de aireación.

Con solera y
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